Érase una vez...
... un chico de 23 años que a las 7:25 de la mañana del miércoles 26 de Noviembre de 2008 apagaba el despertador que cada día sonaba en su teléfono móvil.
Este chico solía levantarse de inmediato, porque sabía que remolonear en la cama no era muy aconsejable cuando vas con hora. Con el pelo más que revuelto y los ojos más que hinchados por el sueño, se encaminó tambaleándose por el pasillo hacia el cuarto de baño, donde se lavó esa mata de pelo infernal. Luego luchó con valentía contra el secador con su fiel empuñadura (el cepillo), intentando evitar esos remolinos tan molestos y antiestéticos.
Por supuesto la dura batalla matinal se había cobrado una víctima: El tiempo. Y es que entonces empezaba la contrarreloj para vestirse, desayunar, preparar la mochila y salir pitando.
Por suerte, el chico había sido previsor y había preparado la noche anterior la ropa que se iba a poner, pero antes asaltó la cocina en la gélida mañana otoñal para coger una barrita de cereales, una mandarina y un zumo.
El caos amenazaba con apoderarse de la situación, pero el chico lo tiene controlado (aunque no lo parezca), pues casi todas las mañanas libra la batalla contra el tiempo con cierto éxito.
Las embestidas heladas de la adversa climatología parecían ser un duro contrincante para iniciar el camino hacia la estación de RENFE. Cada paso que daba hacía crujir las hojas del otoño y los dedos de los pies en estado de semi-criogenización.
Fue un camino duro, pero en apenas 10 minutos llegó a paso acelerado. Estaba claro que la merma física era cruel con el chico. Por suerte al poco su fiel aliado, el tren de cercanías, hizo aparición y le regaló un bonito asiento y calefacción durante las 6 paradas que había. Sin embargo aún quedaba vérselas con el hermano maligno del tren de cercanías: El Metro de Madrid, la maldita Línea 6 (todo buen madrileño sabe las inclemencias de esta línea).
Como iba pegado con la hora no tuvo más remedio que meterse en el vagón de metro repleto de gente (a veces, si la hora lo permite, el chico deja pasar el metro lleno hasta el siguiente, que tarda unos 3 minutos y no suele ir tan lleno... o si, depende de la alineación de los astros).
Tras ocho paradas de empujones el valeroso protagonista llegó con el tiempo justo para acometer a pie el camino de la estación de metro hasta el lugar de destino. Otra vez el frío intentó impedir que llegara a su hora, pero no fue posible: A las 9:32 h. llegaba a clase.
La odisea diaria concluyó nuevamente con éxito. Lo que ocurrió a partir de ahí ya es otra historia.
